Bernardo Ríos es uno de esos tantos “jesusmarienses por adopción” que dejaron su huella en la ciudad y hoy construyen su vida en otro rincón del mundo. Vivió diez años en Jesús María y desde hace dos décadas reside en Cataluña, España, donde actualmente se desempeña como policía.
Su historia, sin embargo, está lejos de haber sido lineal. Llegó a Europa en 2006, con apenas mil euros, sin papeles y con escasa información sobre el destino que había elegido. “No sabía ni que se hablaba catalán”, recordó entre risas. Durante los primeros años trabajó en lo que pudo: cocina, construcción, reparto de publicidad y tareas informales, mientras intentaba abrirse camino.
El punto de inflexión llegó cuando conoció el trabajo de guardavidas en las playas de Barcelona. “Estaba encerrado en una cocina y vi lo que hacían ellos. Dije: yo quiero esto”, contó. Así comenzó una etapa que se extendió durante once temporadas, antes de dar un paso más y formarse como policía, integrando actualmente el cuerpo de seguridad de Cataluña.
Para lograrlo, tuvo que adaptarse plenamente: estudiar, rendir exámenes en catalán y atravesar un proceso de formación exigente. “Todo es en catalán: la escuela, las pruebas, la entrevista. Hay que dedicarle”, explicó.
A pesar de los años lejos, Jesús María sigue ocupando un lugar central en su vida. Llegó a la ciudad a los 10 años, cuando su padre, gendarme, fue trasladado a la zona. Aquí cursó sus estudios en la Escuela Estrada y luego en el colegio Sarmiento, donde también construyó amistades y recuerdos que aún hoy lo acompañan. “Todo lo que soy hoy tiene que ver con lo que viví ahí. Esa infancia de jugar en la calle, sin teléfonos, te forma”, reflexionó.
Actualmente, intenta volver al menos una vez al año para reencontrarse con su familia y amigos, aunque reconoce que el paso del tiempo también deja huellas. “Allá saben que no soy de acá, y acá dudan de dónde soy. Estoy en el medio”, resumió sobre su identidad compartida.
Otro de los grandes motores de su vida ha sido viajar. Desde su base en Barcelona recorrió más de 50 países, con especial predilección por el sudeste asiático. “Tailandia me encanta, el mar, la comida, la cultura. Es un mundo totalmente distinto”, contó. Su objetivo personal es visitar al menos tantos países como años tiene, meta que ya superó.
De cara al futuro, mantiene el espíritu inquieto: sueña con conocer destinos como la Antártida o Alaska, lugares que aún no figuran en su extenso recorrido.
Finalmente, dejó un mensaje para los jóvenes que piensan en emigrar: “Hay que animarse. Si sale bien, buenísimo; y si no, te queda la experiencia. Lo peor es quedarse con la duda”.
Una historia de esfuerzo, adaptación y crecimiento que refleja el camino de muchos que, sin olvidar sus raíces, se animan a construir su vida lejos de casa.






