En medio de un contexto atravesado por preocupaciones económicas y sociales, el artista y docente Néstor Enríquez dejó una profunda reflexión sobre el valor del arte en la vida cotidiana y su capacidad para transformar realidades.
“El arte y la religión comparten algo: pueden oprimir o pueden liberar. Y ahí está su función principal en estos momentos: dar alternativas, mostrar nuevos caminos”, expresó.
Para Enríquez, el arte no siempre tiene la obligación de ofrecer respuestas concretas, pero sí de proponer nuevas miradas sobre lo que sucede alrededor. “Si el artista tiene una mirada puesta en lo social, puede mostrar caminos de alternativas”, sostuvo.
El arte como aprendizaje y responsabilidad
Consultado sobre si el artista nace o se hace, explicó que ambas dimensiones conviven. Según señaló, el arte también se aprende, se construye y se nutre de la experiencia colectiva.
“Cuando uno accede a un conocimiento, empieza a tener un micropoder, pero ese poder trae una obligación: cuanto más sabe, más responsabilidades tiene”, afirmó.
Desde esa perspectiva, consideró que los saberes deben ponerse al servicio de la comunidad y que el artista tiene una tarea social que excede la producción individual.
Tradición, nuevas tecnologías y escuela
En su rol formador de docentes, remarcó la importancia de acompañar a niños y jóvenes en el descubrimiento de su propia expresión artística, integrando tradiciones culturales y nuevas herramientas tecnológicas.
“Los chicos hoy hacen maravillas con las nuevas tecnologías, pero si juntamos eso con nuestras tradiciones, puede salir algo muy original”, explicó.
También valoró la tradición oral de la región y el cruce cultural que caracteriza a la zona: “Nadie escapa al contacto con otros, todos nos vamos nutriendo”.
“En la zona hay mucho arte”
Al referirse a Jesús María, Colonia Caroya y alrededores, aseguró que existe una importante actividad artística, aunque muchas veces no siempre es visibilizada.
“Hay mucho. Quizás no hay tanto arte profesional, pero eso no significa que no haya arte. Hay academias de danza folclórica, guitarristas, expresiones populares por todos lados”, destacó.
Democratizar el arte
Uno de los conceptos centrales de la entrevista fue la democratización del arte. Para Enríquez, no alcanza con acercar obras a la gente, sino que el verdadero desafío es lograr que las personas participen activamente de los procesos creativos.
“La participación real es en el hacer, en el gestar. No solamente mirar una obra terminada”, indicó.
En ese sentido, recordó experiencias de trabajo colectivo junto a excombatientes de Malvinas y proyectos de esculturas pensados de manera participativa.
El hecho artístico y la interacción con la comunidad
El escultor también explicó que busca obras que no pasen desapercibidas y que generen diálogo con quienes las observan.
“La obra de arte tiene que verse, tiene que interpelar. Si pasa desapercibida, no existe el hecho artístico”, afirmó.
Como ejemplo, mencionó las esculturas emplazadas en la Plaza San Martín, pensadas sin pedestal para reducir la distancia entre la obra y el público. “Los chicos las abrazan, les ponen sombreros, se sacan fotos. Ahí empieza el hecho artístico”, relató.
Contra la idea del artista “vago”
Por último, cuestionó antiguos prejuicios sobre quienes se dedican al arte y defendió su valor como trabajo.
“De vago, nada. Para que haya buen arte hay que trabajar mucho”, sentenció.
Y cerró reafirmando su mirada sobre la función transformadora de la creación: “El arte tiene funciones. O está del lado de oprimir o está del lado de liberar. Yo voy por liberar, con mayúsculas”.