Homenaje a Santos Roya, el primer maestro de Tronco Pozo

Muchos niños llegaban descalzos, con hambre y frío tras recorrer lotes y lotes para llegar a la escuelita de Tronco Pozo, entre los años 1930 y 1955. Santos Roya los esperaba con la sopa y un libro bajo el brazo para enseñarles a hablar en español. Hoy, quienes fueron sus alumnos, celebran su vida y obra, colocando su nombre en la flamante Sala Cuna del Barrio, inaugurada ayer.

Compartilo con alguien:

Share on whatsapp
Share on facebook
Share on twitter

)

Don Santos Roya nació un primero de Noviembre de 1910 en Los Chañares, Colonia Caroya. Hijo de los friulanos Rosario Lóndero y Paulino Roya, y el tercero de nueve hermanos (Juan, Francisco, Dalmiro, Elvio, Elvia, Margarita, María y Silvia).
A sus jóvenes 17 años se recibió de maestro, tras cursar sus estudios en la escuela Ambrosio Olmos (hoy el Shopping «Patio Olmos») y a posterior nombrado director, para hacer carrera en en el interior de la provincia de Córdoba, en este caso, en Colonia Caroya.
Fue el impulsor de la idea de tener una escuela en Tronco Pozo, motivo por el cual, se convierte en uno de los fundadores de la escuela que en Abril de 2017 cumplirá 125 años.
Con el tiempo, conoció a Alda Tofolón, mujer nacida en Tronco Pozo, Colonia Caroya, quien se convierte en su mujer, y con quien tienen dos hijas: Leonor y Rosario (más conocida como «Charo»), quienes nacieron, incluso en las instalaciones de la escuela.
A sus 68 años, Santos sufre un infarto y parte de este mundo, dejando una seguidilla de recuerdos en los corazones de sus familiares, amigos y de sus alumnos, quienes hoy, con sus ochenta, noventa años, lo recordaron y celebraron, cuando desde la municipalidad local y el gobierno de Córdoba, pusieron su nombre en la flamante sala cuna de Tronco Pozo.
La idea surgió de Omar Visintín, vecino de Tronco Pozo, quien fuera alumno del «Maestro Roya», y quien dispuso de celebrar la vida y obra de quien los recibía en su casa, pegadita a la escuela, y los alimentaba, abrigaba y espantaba el frío de sus descalzos pies cuando eran unos pequeños niños, hijos de inmigrantes que iban a la escuela para aprender a hablar en español y terminaron aprendiendo una lección de amor y solidaridad, para toda la vida.